En las crónicas de Indias hay una palabra que se repite hasta volverse invisible: la «lengua». No se refería al órgano ni al idioma, sino a la persona. La lengua era el intérprete, el hombre o la mujer que se colocaba entre dos mundos que no compartían ni una sola palabra y hacía que, contra toda probabilidad, se entendieran. Sin esas figuras, la conquista de América tal como la contamos habría sido sencillamente imposible. Un ejército que no puede negociar, amenazar, prometer ni preguntar el camino no es un ejército: es un grupo de forasteros perdidos.
Conviene recordar el punto de partida. Cuando Hernán Cortés zarpó de Cuba y tocó las costas de Yucatán en 1519, ni él ni ninguno de los suyos entendían una sola palabra de maya o de náhuatl. La distancia lingüística era total. Y sin embargo, en apenas dos años, un puñado de castellanos negoció alianzas con pueblos enteros, sembró la discordia entre ellos y acabó entrando en Tenochtitlan. La llave de todo aquello no fue solo la pólvora ni el caballo: fue la traducción.
Aguilar, el náufrago que volvió a hablar
El primer eslabón lo puso el azar. Años antes, hacia 1511, un barco español había naufragado frente a las costas de Yucatán y unos pocos supervivientes cayeron cautivos entre los mayas. Cuando Cortés recaló en Cozumel supo, por rumores entre los indígenas, que había hombres barbados tierra adentro. Consiguió rescatar a uno: Jerónimo de Aguilar, un clérigo que llevaba ocho años entre los mayas y había aprendido su lengua. Aguilar volvió a los suyos casi como un desconocido, con el castellano oxidado y la piel curtida, pero traía consigo algo impagable: podía traducir del maya al español.
El detalle que la memoria popular suele olvidar es que Aguilar no estaba solo. Con él había naufragado Gonzalo Guerrero, y su respuesta al rescate fue exactamente la contraria. Guerrero se había tatuado el rostro, se había casado con una mujer maya, tenía hijos y había ascendido a jefe militar. Se negó a marcharse. Según cuenta Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, respondió que qué dirían de él viéndolo así. Los dos náufragos son casi una parábola: uno se convirtió en intérprete al servicio de la Corona; el otro se pasó por completo al otro lado y, dicen, murió luchando contra los españoles. Traducir, aculturarse, elegir bando: todo eso cabía en un mismo naufragio.
Malintzin, la mujer que tenía dos lenguas
Aguilar, sin embargo, solo resolvía media ecuación. Sabía maya, pero en el altiplano se hablaba náhuatl, la lengua del imperio mexica. El eslabón que faltaba apareció como botín. Tras un enfrentamiento en la región de Tabasco, los señores locales entregaron a los españoles, entre otros regalos, a un grupo de mujeres. Una de ellas hablaba náhuatl —era su lengua materna— y también maya. Se llamaba Malintzin; los castellanos la bautizaron como doña Marina y la tradición la fijó como la Malinche.
Durante los primeros meses funcionó una cadena de traducción que es una pequeña maravilla logística: los mexicas hablaban en náhuatl a Malintzin, ella lo vertía al maya, y Aguilar pasaba el maya al castellano para Cortés. Y de vuelta, en sentido inverso. Cada frase cruzaba dos idiomas y dos intérpretes antes de llegar a su destino. Pronto Malintzin aprendió castellano y el puente se acortó: ella sola bastaba. Bernal Díaz, que la conoció, habla de ella con un respeto poco frecuente hacia una figura indígena, y subraya una y otra vez lo esencial que fue su papel.
La memoria posterior ha sido menos serena. Para una parte de la tradición mexicana, la Malinche es símbolo de traición —de ahí el término «malinchismo»—; para otras lecturas, sobre todo recientes, es una mujer esclavizada que sobrevivió con la única herramienta que tenía: sus lenguas. Ambas interpretaciones son eso, interpretaciones, y dicen tanto de quien las formula como del siglo XVI. Lo verificable es más sobrio: sin ella, la comunicación se rompía.
El Requerimiento: traducir para no ser entendido
Frente a esa traducción viva y eficaz, la conquista dejó también el reverso perfecto: el Requerimiento. Redactado hacia 1513 por el jurista Juan López de Palacios Rubios, era un texto jurídico que se debía leer a los indígenas antes de hacerles la guerra. Les informaba de la existencia de Dios, del papa y del rey de Castilla, y los conminaba a someterse; si no lo hacían, la culpa de lo que viniera sería suya.
El problema salta a la vista: se leía en castellano, a menudo sin intérprete, ante gentes que no podían entender ni una palabra. Hay testimonios de que se recitaba desde la cubierta de un barco, o de noche ante poblados dormidos, o a poblaciones ya huidas. Bartolomé de las Casas dejó escrito que, ante aquello, no sabía si reír o llorar. Aquí la traducción no falta por accidente: falta por diseño. El Requerimiento no buscaba comunicar, sino cubrir el expediente legal. Es el ejemplo extremo de un idioma usado como instrumento de poder, no de entendimiento.
De oficio improvisado a figura regulada
Con el tiempo, aquella improvisación de náufragos y cautivas se convirtió en una institución del derecho indiano. A medida que las Audiencias americanas se asentaban, la Corona entendió que la suerte de un litigante indígena podía depender por completo de quien traducía sus palabras, y decidió regular el oficio. La Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias de 1680 le dedicó un título entero —el Título XXIX del Libro II, «De los intérpretes»— para ordenar cómo debían trabajar.
Las reglas dibujan bien las preocupaciones de la época. Los intérpretes de las Audiencias eran nombrados y juraban ejercer «bien y fielmente», trasladando lo dicho sin quitar ni añadir. Cobraban un salario tasado y tenían prohibido recibir dádivas o regalos de las partes, fueran indios o españoles. Tampoco podían tratar los asuntos de los indios por su cuenta ni recibirlos a solas, para que nadie usara la lengua como palanca para su propio provecho. Detrás de cada norma se adivina un abuso que ya había ocurrido: el intérprete que tergiversa, el que cobra de más, el que negocia a espaldas del tribunal.
Que la Corona se molestara en legislar con tanto detalle dice mucho. La traducción había dejado de ser una anécdota de campaña para volverse un engranaje del gobierno de las Indias, con la fidelidad del intérprete elevada, al menos sobre el papel, a garantía jurídica.
Herederos de un oficio antiguo
Entre la lengua que hace posible el diálogo y el documento que se lee para no ser comprendido está todo el oficio de traducir. Aguilar y Malintzin nos recuerdan que una traducción fiel puede cambiar el rumbo de la historia; el Requerimiento, que un texto mal —o nada— traducido puede convertirse en pura violencia con firma legal.
Cinco siglos después, ese oficio sigue vivo, más humilde pero no menos serio. En Textualia nos sentimos, a nuestra escala, herederos de esas «lenguas»: cada vez que un documento cruza de un idioma a otro con validez oficial, alguien vuelve a hacer que dos mundos se entiendan sin malentendidos.