Cuando el 1 de octubre de 1946 se leyeron las sentencias de Núremberg, la interpretación simultánea acababa de superar su prueba de fuego. A pocos kilómetros de aquellas cabinas, una organización recién nacida observaba con interés: las Naciones Unidas, fundadas el año anterior, tenían exactamente el mismo problema que el Tribunal Militar Internacional, solo que permanente y a mayor escala. Había que hacer que decenas de países se entendieran, cada día, sin que las jornadas se eternizaran.
El hombre que tendió el puente entre ambos mundos fue Léon Dostert, el mismo coronel francoamericano que había organizado el sistema de auriculares de Núremberg. Se le considera el padre de la interpretación simultánea en la ONU, adonde llevó la técnica poco después del juicio. Pero no todos la recibieron con entusiasmo. Muchos intérpretes veteranos, formados en la interpretación consecutiva de la vieja Sociedad de Naciones, desconfiaban del método nuevo: lo veían mecánico, apresurado, menos fiel. El pulso se zanjó el 15 de noviembre de 1947, cuando la Asamblea General adoptó por resolución la interpretación simultánea como servicio permanente, a emplear sola o junto a la consecutiva según lo pidiera cada debate.
Cinco lenguas, y luego seis
La ONU nació en 1946 con cinco idiomas oficiales —chino, español, francés, inglés y ruso—, aunque solo el inglés y el francés eran lenguas de trabajo del día a día. Los demás fueron ganando terreno con los años: el español se sumó como lengua de trabajo en 1948, el ruso en 1968 y el chino en 1973. Ese mismo 18 de diciembre de 1973, la resolución 3190 incorporó el árabe como sexto idioma oficial y de trabajo de la Asamblea. Desde entonces son seis, y cada documento oficial se publica en los seis: un ejercicio de paridad lingüística sin igual en el mundo.
Ver funcionar esa maquinaria es un espectáculo discreto. En torno a la sala hay seis cabinas de cristal, una por idioma, con dos intérpretes cada una que se relevan más o menos cada media hora, porque la concentración que exige escuchar y hablar a la vez agota el cerebro en minutos. Cuando alguien interviene en una lengua que un intérprete no domina, entra en juego el relé: se interpreta primero a un idioma puente —a menudo el inglés— y desde ahí el resto de cabinas recogen el testigo. El árabe y el chino se apoyan tanto en el relé que sus intérpretes trabajan en las dos direcciones, hacia su lengua materna y desde ella, por lo que esas cabinas suelen llevar tres personas en vez de dos.
La velocidad, el matiz y la trampa del idioma
El gran enemigo del intérprete no es la ignorancia, sino la prisa. Los delegados leen textos preparados a toda velocidad para exprimir su turno, y la interpretación fiel se sostiene mejor en torno a las cien o ciento veinte palabras por minuto; por encima de ahí, algo se pierde. A la velocidad se suma el registro: en diplomacia, un matiz mal vertido puede convertirse en un incidente. Los intérpretes de la ONU son, por oficio, invisibles y neutrales; su voz no debe añadir ni un grado de temperatura a lo que se dice.
Lo más difícil de todo son los modismos, los refranes, los chistes. El caso emblemático lo protagonizó Nikita Jrushchov en 1956, cuando espetó a los embajadores occidentales una frase que se tradujo como «os enterraremos». Occidente la leyó como una amenaza militar; en realidad era una expresión marxista que venía a decir «os sobreviviremos», el comunismo asistirá al funeral del capitalismo. El propio Jrushchov tuvo que aclararlo años después. La frase era auténtica, pero su recepción como amenaza sigue siendo el ejemplo de manual de cómo un idioma trasplantado sin su contexto puede torcer la historia.
Detrás de las cabinas trabaja además un ejército silencioso de traductores de documentos, apoyados en herramientas como UNTERM, la base de datos terminológica pública de la ONU que fija en los seis idiomas la palabra exacta para cada concepto. Y desde 2010, la casa celebra sus Días del Idioma: el francés el 20 de marzo, el chino el 20 de abril, el inglés y el español el 23 de abril —aniversario de la muerte de Shakespeare y de Cervantes—, el ruso el 6 de junio por Pushkin y el árabe el 18 de diciembre, la fecha de aquella resolución de 1973.
De las cabinas de cristal a hoy
Los intérpretes de Núremberg demostraron que se podía; los de la ONU la convirtieron en rutina y definieron un oficio: fidelidad absoluta al sentido, neutralidad, dominio del registro, conciencia de que una palabra manda más que un ejército. Es la misma exigencia que recorre aquel primer experimento de Núremberg y el trabajo de un traductor jurado que hoy certifica con su firma que un documento dice en una lengua exactamente lo que decía en otra. Cambian el soporte y el escenario; no cambia la responsabilidad de ser el puente por el que dos mundos se entienden.