Cuando el 20 de noviembre de 1945 se abrió la primera sesión de los juicios de Núremberg, el Tribunal Militar Internacional se enfrentaba a un problema que ningún tribunal había resuelto antes: el proceso debía celebrarse, a la vez, en cuatro idiomas. Los jueces y fiscales hablaban inglés, francés y ruso; los acusados y buena parte de los testigos, alemán. Con la interpretación consecutiva de toda la vida —el orador habla, calla, y el intérprete repite— cada jornada se habría multiplicado por cuatro, y un juicio que duró diez meses habría amenazado con durar años.
La solución llevaba el nombre de un hombre casi desconocido fuera del oficio: Léon Dostert, nacido en Longwy (Francia) en 1904, emigrado a Estados Unidos, formado en Georgetown y convertido durante la guerra en intérprete personal del general Eisenhower. Nombrado jefe de la División de Interpretación del tribunal, Dostert apostó por algo que muchos consideraban imposible: que un ser humano escuchara en un idioma y hablara en otro al mismo tiempo.
El equipamiento existía, aunque nadie lo había llevado tan lejos. IBM aportó gratuitamente su sistema Filene-Findlay, un dispositivo de micrófonos y auriculares patentado en los años veinte y probado en la Conferencia Internacional del Trabajo de Ginebra de 1927, donde se usaba para transmitir discursos previamente traducidos. En Núremberg, por primera vez, serviría para interpretar en directo un debate imprevisible. Se instalaron cinco canales: el primero transmitía la voz original de la sala; los otros cuatro, la interpretación simultánea al inglés, el ruso, el francés y el alemán. Cada asistente elegía su idioma girando una ruedecilla en el auricular.
Faltaba lo más difícil: encontrar a quienes fueran capaces de hacerlo. No existía la profesión; hubo que inventar también al profesional. Los candidatos pasaban primero por una criba en la que el asistente de Dostert, Peter Uiberall, les pedía nombrar de corrido diez árboles, diez piezas de automóvil y diez aperos de labranza en sus dos lenguas: quien duda ante un arado en la vida civil, dudará ante un tecnicismo jurídico con el mundo escuchando. Los mejores viajaban a Núremberg para una segunda prueba, un juicio simulado montado en el ático del Palacio de Justicia con un sistema provisional. Según el Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial de Estados Unidos, de unos setecientos aspirantes examinados solo alrededor de un cinco por ciento resultó apto.
Los seleccionados —treinta y seis intérpretes de sala, organizados en tres equipos de doce— trabajaban en turnos de unos ochenta y cinco minutos: dos equipos se alternaban en las cabinas mientras el tercero descansaba o seguía el proceso como reserva. La sala entera aprendió a convivir con ellos. Un monitor controlaba dos luces dirigidas al orador: la amarilla pedía hablar más despacio; la roja, detenerse y repetir. El propio ritmo del juicio quedó sometido a la interpretación: nadie podía superar las sesenta palabras por minuto, la velocidad del dictado. Hasta Hermann Göring, el acusado más célebre, comprendió dónde se jugaba su defensa: "Por supuesto que quiero un abogado", dijo, "pero aún es más importante tener un buen intérprete".
El experimento funcionó. Cuando el 1 de octubre de 1946 se leyeron las sentencias, la interpretación simultánea había dejado de ser una temeridad para convertirse en un estándar: la recién creada ONU adoptó el sistema, y Dostert siguió abriendo caminos —fundó el Instituto de Lenguas y Lingüística de Georgetown y participó en 1954 en la primera demostración pública de traducción automática junto a IBM.
De aquellas cabinas a hoy
Ochenta años después, cada vez que un intérprete judicial jura fidelidad en un juzgado español, o un traductor jurado habilitado por el MAEC certifica con su firma que una traducción es fiel y completa, resuena algo de Núremberg: la idea de que la justicia solo es posible cuando todas las partes entienden —y son entendidas— con exactitud. Aquellos treinta y seis pioneros demostraron que traducir no es un trámite accesorio del derecho, sino una de sus condiciones.