Textualia

BlogHistoria de la traducción

La Casa de la Sabiduría de Bagdad: el siglo en que se tradujo el mundo

En la Bagdad abasí de los siglos VIII y IX, un vasto movimiento de traducción vertió al árabe la ciencia griega y la salvó para la humanidad.

En el año 762, el califa al-Mansur trazó sobre la llanura de Mesopotamia una ciudad circular y la llamó Madinat al-Salam, la Ciudad de la Paz. El mundo la conocería por el nombre de la aldea que ocupaba aquel meandro del Tigris: Bagdad. En menos de un siglo se convirtió en la mayor urbe fuera de China y en el centro de un experimento intelectual sin precedentes. Allí, bajo el patrocinio de los primeros califas abasíes, se emprendió la traducción sistemática al árabe de casi todo el saber científico y filosófico de la Antigüedad griega, además de fuentes persas e indias. Fue, probablemente, la mayor operación de traducción que había visto la historia.

Un detalle material lo hizo posible. Hacia 751, tras el contacto con prisioneros llegados de Asia central, los abasíes aprendieron la fabricación del papel, mucho más barato que el pergamino. En Bagdad se abrió un zoco de papeleros y libreros, y el libro dejó de ser un objeto de lujo para volverse instrumento de trabajo. Sobre esa infraestructura floreció el movimiento de traducción, sostenido a lo largo de tres reinados: el de al-Mansur, el de Harún al-Rashid —cuya biblioteca palaciega se conocía como Jizanat al-Hikma, el "tesoro de la sabiduría"— y, sobre todo, el de al-Ma'mún (que reinó de 813 a 833), bajo quien la empresa alcanzó su cénit. La tradición cuenta que al-Ma'mún soñó una noche con Aristóteles y que, al despertar, envió emisarios a Bizancio a comprar manuscritos griegos. Leyenda o no, sabemos que esas misiones existieron.

La figura central de aquel esfuerzo fue Hunayn ibn Ishaq (h. 809-873), un médico cristiano nestoriano nacido en al-Hira, en el sur de Irak, que dominaba el árabe, el siríaco, el griego y el persa. Sus contemporáneos lo llamaron el "jeque de los traductores". No traducía palabra por palabra —método que consideraba tosco y engañoso—, sino sentido por sentido, cotejando cuantos manuscritos griegos podía reunir para fijar el mejor texto antes de verterlo. Dirigía además una verdadera escuela: él o sus discípulos pasaban primero del griego al siríaco, su sobrino Hubaysh y su hijo Ishaq trasladaban del siríaco al árabe, y Hunayn revisaba el resultado. De su taller salieron cerca de ciento treinta obras del médico Galeno, el Timeo de Platón, tratados de Aristóteles y la materia médica de Dioscórides. Otros equipos, como el del matemático Thabit ibn Qurra (826-901), fijaron en árabe a Euclides, a Arquímedes y el Almagesto de Ptolomeo. Se dice que algunos mecenas pagaban las traducciones al peso: el oro que pesaba el libro terminado.

Conviene, eso sí, la prudencia del historiador. La expresión "Casa de la Sabiduría" (Bayt al-Hikma) evoca hoy una gran academia de mármol, pero los especialistas —Dimitri Gutas a la cabeza— advierten que las fuentes son escasas y ambiguas: el propio Hunayn no la menciona nunca por su nombre. Lo más probable es que fuera una biblioteca y archivo palaciego, y que el grueso de las traducciones se hiciera en una red más amplia de mecenas privados, familias poderosas y médicos de la corte repartidos por la ciudad. El mito de la institución única importa menos que el hecho incontestable: durante dos siglos, Bagdad tradujo.

El legado desbordó con creces a sus autores. Muchos originales griegos se perdieron después en su lengua primitiva y solo sobrevivieron gracias a aquellas versiones árabes. Y de ahí, siglos más tarde, el saber emprendió un segundo viaje: cuando la Europa latina redescubrió a Aristóteles, a Euclides o a Ptolomeo, lo hizo a menudo traduciendo del árabe, muy señaladamente en la Escuela de Traductores de Toledo. Los manuscritos de Bagdad, saqueada por los mongoles en 1258, habían sembrado ya un campo que germinaría en el Renacimiento.

De aquella biblioteca a hoy

La lección de la Casa de la Sabiduría no ha envejecido: una civilización no hereda el conocimiento de otra por simpatía, sino porque alguien se sienta a traducirlo con rigor. Aquellos traductores de Bagdad entendieron que verter un texto no es sustituir palabras, sino garantizar que dos lenguas digan lo mismo con exactitud. Es, todavía hoy, el oficio del traductor jurado: dar fe de que un documento y su traducción son, ante quien los lee, el mismo texto.

Calcula tu presupuesto

¿Necesitas una traducción jurada?

Calcula tu presupuesto al instante

Páginas:

1 página = 300 palabras máximo

Plazo de entrega

También enviamos copia física si tu trámite lo requiere

Calculando…

Pago seguro con Stripe · Recibirás confirmación inmediata por email.

¿Necesitas ayuda?