Hay documentos que se limitan a describir el mundo y otros que se atreven a repartirlo. El Tratado de Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494 en la villa vallisoletana que le dio nombre, pertenece sin duda a la segunda categoría. Con la tinta todavía fresca, Castilla y Portugal se distribuyeron sobre el papel tierras que ningún europeo había pisado, océanos que nadie había cartografiado y pueblos de cuya existencia ni siquiera se sospechaba. Rara vez unas cuantas cláusulas han tenido consecuencias tan largas.
De una bula a un pacto
El punto de partida no fue Tordesillas, sino Roma. Tras el regreso de Colón, los Reyes Católicos buscaron amparo jurídico para sus descubrimientos y lo hallaron en el papa Alejandro VI, valenciano de origen, que en 1493 promulgó varias bulas. La más célebre, la Inter caetera, trazaba una línea de polo a polo situada a cien leguas al oeste de las islas Azores y de Cabo Verde: lo que quedara al oeste sería de Castilla; lo demás, en la práctica, de Portugal.
A Juan II de Portugal aquella frontera le pareció mezquina. Su reino llevaba décadas navegando el Atlántico y bordeando África, y sospechaba que cien leguas dejaban demasiado poco margen a sus intereses. En lugar de acatar la bula, negoció. El resultado de aquel regateo diplomático fue el tratado que hoy nos ocupa, que desplazaba la raya mucho más al oeste: a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Un simple número, corregido sobre una mesa de negociación, y con él cambiaba el destino de continentes enteros.
El poder —y la trampa— de las palabras
Aquí conviene detenerse en lo que un tratado es en realidad: un texto. Y todo texto se redacta, se copia, se traduce y se interpreta. Del acuerdo se hicieron copias que cada corona conservó por separado; hoy el ejemplar portugués se custodia en el Arquivo Nacional da Torre do Tombo de Lisboa y el castellano en el Archivo General de Indias de Sevilla. En 2007, ambos documentos fueron inscritos conjuntamente por España y Portugal en el registro Memoria del Mundo de la Unesco, un reconocimiento poco frecuente para un pacto que enfrentó a dos reinos.
El problema es que las palabras del tratado eran a la vez precisas y resbaladizas. La raya se definía en leguas, una unidad que en la época no tenía un valor único ni universalmente aceptado: la legua castellana no medía lo mismo que la portuguesa, y la propia equivalencia entre legua y grado era objeto de disputa entre cosmógrafos. Peor aún: el texto mandaba contar las 370 leguas «al oeste de las islas de Cabo Verde», pero ese archipiélago se extiende a lo largo de varios grados, y nunca se especificó desde cuál de sus islas debía empezar la medición. Cada punto de partida movía la frontera decenas de leguas.
A todo ello se sumaba un obstáculo insalvable con la técnica de entonces: no existía manera fiable de calcular la longitud en alta mar. Determinar la latitud era posible con la altura del sol o de las estrellas; fijar un meridiano exacto sobre un océano vacío, en cambio, quedaba fuera del alcance de los pilotos del siglo XV. La línea de Tordesillas era, en rigor, una frontera imaginaria que nadie sabía dónde trazar con certeza.
Cuando la interpretación decide continentes
Que un texto ambiguo reparta el planeta tiene consecuencias imprevisibles. La más comentada es Brasil. Cuando en 1500 Pedro Álvares Cabral arribó a sus costas, aquellas tierras cayeron —según la lectura portuguesa de la raya— del lado luso, lo que explica que Brasil hable portugués y no español. Algunos historiadores han sugerido que Portugal ya intuía la existencia de tierras al oeste cuando negoció las 370 leguas; es una hipótesis debatida, que conviene presentar como tal y no como certeza, pero ilustra hasta qué punto la redacción de una cláusula podía anticipar o cerrar imperios.
Décadas más tarde, el problema resurgió por el lado opuesto del globo. Si una línea dividía el Atlántico, ¿dónde caía su prolongación al otro lado del mundo, en el codiciado archipiélago de las especias? La disputa por las Molucas obligó a firmar en 1529 el Tratado de Zaragoza, que trazó un antimeridiano complementario. Tordesillas, concebido para un océano, había terminado por afectar a la esfera entera.
De Tordesillas a los tratados de hoy
Tordesillas no fue un caso aislado, sino el arranque de una larga historia en la que la traducción y la diplomacia van del brazo. Durante siglos, el latín hizo de lengua franca de los tratados europeos, hasta que el francés lo desplazó como idioma de la diplomacia en la Edad Moderna. El giro decisivo llegó en 1919 con el Tratado de Versalles, redactado como texto auténtico en francés e inglés a la vez: dos versiones con el mismo valor jurídico, lo que obligaba a que dijeran exactamente lo mismo en dos idiomas distintos. Ahí nace, en su forma moderna, el problema que ya asomaba en 1494: cómo garantizar que varias versiones de un pacto signifiquen una sola cosa.
El derecho internacional acabó dándole respuesta. La Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados de 1969 dedica su artículo 33 a los tratados autenticados en varios idiomas: en principio, el texto hace igual fe en cada lengua, y cuando una comparación revela una diferencia de sentido que la interpretación no resuelve, se adopta el significado que mejor concilie los textos a la luz del objeto y fin del tratado. Las Naciones Unidas trabajan hoy con seis idiomas oficiales y ejércitos de traductores cuya tarea es justamente esa: que la palabra pactada no cambie al cruzar de una lengua a otra.
Un documento, muchas manos
Detrás de aquel pergamino no solo hubo reyes. Hubo secretarios que eligieron cada término, juristas que midieron el alcance de cada verbo, cosmógrafos que discutieron leguas y grados, y copistas que reprodujeron el texto para que cada corte conservara su versión. El tratado se ratificó por separado —Castilla lo confirmó el 2 de julio de 1494 y Portugal el 5 de septiembre— porque cada palabra importaba lo suficiente como para revisarla dos veces.
Esa es, quizá, la lección más duradera de Tordesillas para quienes trabajamos con textos. Un documento no vale por su solemnidad, sino por su precisión: por que diga exactamente lo que quiere decir, sin márgenes que otro pueda ensanchar a su favor. Cinco siglos después, cuando un texto ha de surtir efecto ante una administración o un tribunal —y de ello se ocupa hoy la traducción jurada oficial—, la exigencia sigue siendo la misma: que ninguna ambigüedad decida por nosotros lo que las palabras debían haber fijado.