A mediados de julio de 1799, los soldados franceses que reforzaban las defensas del fuerte Julien, junto a Rashid —la Rosetta de los europeos—, en el delta del Nilo, desenterraron una losa oscura cubierta de inscripciones. El oficial de ingenieros al mando, Pierre-François Bouchard, comprendió que aquello no era un escombro más: la piedra llevaba grabados tres bloques de escritura distintos, y el inferior estaba en griego, una lengua que cualquier persona instruida podía leer. Si los tres textos decían lo mismo, aquella losa era una llave.
Lo que habían encontrado era un fragmento de estela de granodiorita con un decreto promulgado en Menfis por un concilio de sacerdotes el 27 de marzo del año 196 a. C., en honor de Ptolomeo V Epífanes, un faraón que había heredado el trono a los cinco años y acababa de ser coronado oficialmente a los doce. El contenido es más bien burocrático —honores al rey, exenciones a los templos—, pero el formato resultó revolucionario para quienes lo hallaron dos mil años después: el mismo texto aparece en jeroglíficos, la "escritura de los dioses" reservada a los sacerdotes; en demótico, la escritura administrativa cotidiana de Egipto; y en griego, la lengua de la dinastía ptolemaica. El propio decreto ordena que se coloque una copia así, por triplicado, en cada templo del país. Dicho de otro modo: la piedra de Rosetta es una traducción oficial grabada en piedra, con la instrucción expresa de difundirla.
La piedra apenas estuvo dos años en manos francesas. Tras la capitulación de Alejandría en 1801, pasó a los británicos junto con otras antigüedades reunidas por la expedición de Napoleón, y en febrero de 1802 desembarcó en Portsmouth a bordo del HMS Égyptienne. Desde ese mismo año se exhibe en el Museo Británico, donde sigue siendo la pieza más visitada. Pero antes de entregarla, los sabios franceses habían hecho copias e impresiones de las inscripciones, de modo que el texto viajó por Europa aunque la piedra no se moviera: el desciframiento sería una carrera continental.
El griego se leyó pronto; el problema eran los jeroglíficos, de los que solo sobreviven en la losa las últimas catorce líneas y que Europa llevaba siglos malinterpretando como símbolos puramente alegóricos, sin relación con sonido alguno. El primer golpe serio lo dio el polímata británico Thomas Young, que entre 1814 y 1819 desmenuzó el texto demótico y demostró que los signos encerrados en los cartuchos —los óvalos que enmarcan los nombres reales— transcribían fonéticamente el nombre de Ptolomeo. Pero fue el francés Jean-François Champollion, que dominaba el copto, la última fase de la lengua egipcia, quien cruzó la frontera decisiva. Comparando el cartucho de Ptolomeo con el de Cleopatra, copiado de un obelisco de Filé que William Bankes había llevado a Inglaterra, comprobó que los signos comunes a ambos nombres ocupaban exactamente las posiciones esperadas: los jeroglíficos tenían letras. El 14 de septiembre de 1822, según la tradición familiar, irrumpió en el despacho de su hermano gritando "Je tiens l'affaire!" —"¡lo tengo!"—, y el 27 de septiembre presentó sus resultados ante la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres en la célebre Lettre à M. Dacier, el acta de nacimiento de la egiptología. Su hallazgo de fondo: la escritura egipcia combinaba signos fonéticos e ideogramas, y el copto permitía ponerle sonido y sentido.
Lo que se abrió entonces no fue una vitrina, sino una civilización. Tres mil años de himnos, contratos, cartas privadas y crónicas reales llevaban más de un milenio sin un solo lector en el mundo; a partir de 1822 volvieron a tener voz. Todo gracias a un documento administrativo que tuvo la cortesía de repetirse en tres escrituras.
De aquella losa a hoy
La piedra de Rosetta encierra una lección que el tiempo no ha gastado: sin traducción no hay acceso. Un texto que nadie puede leer es, a todos los efectos, un texto que no existe. Y hay algo más, casi un guiño: el decreto de Menfis funcionaba porque sus tres versiones tenían idéntico valor, porque quien leía una podía fiarse de que decía lo mismo que las otras. Esa equivalencia garantizada es, todavía hoy, el oficio del traductor jurado: dar fe de que un documento y su traducción son, ante quien los lee, el mismo texto.