Durante siglos, el Imperio otomano se rigió por una convención tácita que hoy resulta asombrosa: sus más altos dignatarios no se rebajaban a aprender las lenguas de los infieles. El turco, el árabe y el persa bastaban para gobernar; hablar con los embajadores de Viena, París o Venecia era tarea de subalternos. De esa negativa nació una casta de intermediarios sin la cual la diplomacia entre Oriente y Occidente sencillamente no habría existido: los dragomanes.
La palabra viene del árabe turjumān, "traductor", una raíz semítica tan antigua que ya resonaba en acadio y arameo, y que llegó a las lenguas europeas —dragomán, drogman, dragoman— a través del griego medieval. Un dragomán no era un simple intérprete. Traducía, sí, pero también negociaba, redactaba, aconsejaba, guiaba, espiaba. Era, a la vez, la lengua y el oído de dos potencias que no se entendían.
En la cúspide de la profesión estaba el Gran Dragomán de la Sublime Puerta, intérprete oficial del Diván, el consejo imperial del sultán. El primer cristiano en ocupar el cargo fue el griego Panagiotis Nikousios (1613-1673), que lo desempeñó hasta su muerte. Le sucedió una figura aún mayor: Alexandros Mavrocordatos (1636-1709), médico formado en Italia, que durante más de un cuarto de siglo fue el verdadero cerebro de la política exterior otomana. Fue él quien redactó el Tratado de Karlowitz de 1699, que puso fin a la guerra con la Liga Santa; el sultán Mustafá II lo distinguió con el título de "guardián de los secretos". Un intérprete que custodiaba los secretos de Estado: pocos oficios revelan mejor hasta dónde llegaba el poder de un dragomán.
Mavrocordatos pertenecía a los fanariotas, las familias griegas acomodadas del Fanar, el barrio de Constantinopla donde residía el Patriarcado ortodoxo. Cultos, políglotas y con siglos de redes comerciales por todo el Mediterráneo, los fanariotas monopolizaron durante generaciones cuatro cargos codiciadísimos: el Gran Dragomán de la Puerta, el Gran Dragomán de la Flota y los tronos de los dos principados danubianos, Moldavia y Valaquia. Y el orden importaba: quien servía como dragomán jefe solía terminar coronado príncipe. La interpretación no era un oficio menor, sino la antesala del poder.
Las potencias europeas tenían sus propios dragomanes en las embajadas de Constantinopla, y pronto descubrieron el riesgo de depender de intérpretes locales de lealtad incierta. La solución la había ideado Venecia ya en 1551, enviando a jóvenes ciudadanos —los giovani di lingua— a formarse en Estambul. Francia copió el modelo: en 1669, por decreto de Colbert, nació la escuela de los jeunes de langues, "jóvenes de lenguas", niños que estudiaban primero con los jesuitas del Colegio Louis-le-Grand de París y completaban su aprendizaje en los conventos capuchinos de Estambul y Esmirna. De aquellas aulas salieron orientalistas notables, como Antoine Galland (1646-1715), el dragomán y erudito que dio a Europa la primera traducción de Las mil y una noches.
Toda esta arquitectura descansaba sobre una tensión nunca resuelta. El dragomán servía a dos señores. Un embajador veneciano del siglo XVIII definió al intérprete como "la lengua que habla, el oído que oye, el ojo que ve, la mano que da, el espíritu que actúa": una dependencia total y, por eso mismo, una sospecha permanente. ¿A quién era fiel el griego que traducía para el sultán y trataba a diario con el enviado cristiano? Esa ambigüedad estalló en 1821: al comenzar la guerra de independencia griega, el gran dragomán Constantino Mourouzi fue ejecutado por orden del sultán, y el monopolio fanariota se derrumbó. La Puerta creó entonces su propia Oficina de Traducción, que en la era de reformas del Tanzimat se convertiría en escuela de la nueva élite otomana.
De la Sublime Puerta a hoy
Los dragomanes inventaron, sin saberlo, buena parte del oficio del intérprete diplomático moderno: la fidelidad al texto y al matiz, la discreción, la conciencia de que una palabra mal vertida puede torcer un tratado. Cinco siglos después, cuando un traductor certifica que un documento dice en una lengua exactamente lo que decía en otra, prolonga aquella misma responsabilidad: la de ser el puente por el que dos mundos, por fin, se entienden.